Incrementar la inversión en Ciencia, una apuesta segura por un futuro mejor

En septiembre del año pasado tuvo lugar el primer “Encuentro de Científicos Españoles en EE.UU.” en la prestigiosa Universidad de Georgetown, Washington DC, evento en el que tuve el honor de participar como ponente invitado por el comité científico de biomedicina para exponer parte de mis resultados obtenidos en Columbia University en Nueva York.

En dicho encuentro, y bajo la organización de, entre otros, ECUSA, la FECYT, la Embajada de España en EE.UU. y la Cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad de Georgetown, se persiguió el objetivo principal de dar a conocer la impresionante aportación que la comunidad científica española en EE.UU. está realizando en campos tan diversos como la Biomedicina, la Física, Ciencias de la Tierra, Sociología, Economía, Ciencias Políticas, etc.; y al mismo tiempo que los científicos españoles interactuásemos entre nosotros para forjar vínculos a través de la exploración de posibles vías de colaboración interdisciplinar.

Encuentros de este tipo son de una gran importancia, especialmente en estos momentos en los que la inversión en ciencia en nuestro país sufre una continua cuesta abajo desde 2008. Es vital que los científicos españoles nos conozcamos personalmente, colaboremos y unamos fuerzas para crear sinergias que nos permitan presionar a nuestras autoridades para retornar a la senda del crecimiento. Pero antes de centrarme en este punto le pido permiso al lector para hablar brevemente sobre este encuentro. La importancia del encuentro quedó reflejada por la relevancia de las personalidades allí presentes. Por la parte institucional asistieron SSMM los Reyes de España, el Ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo, la Secretaria de Estado de I+D+i Carmen Vela y el Director General de la FECYT José Ignacio Fernández; mientras que por la parte científica participaron, entre otros, el Dr. Valentín Fuster, director general del CNIC y de la división de Cardiología del hospital Monte Sinaí en Nueva York, el Dr. Emilio Méndez, premio Príncipe de Asturias de Ciencia y Tecnología 1998 y el Dr. Josep Baselga, director del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York.

En su discurso de inauguración, Felipe VI resaltó el prestigio internacional del que goza nuestra ciencia, situada actualmente entre las diez mejores del mundo. Palabras que siendo ciertas pueden llevar a equívoco si no se analizan y se explican en profundidad. Efectivamente, la ciencia española goza de un gran reconocimiento más allá de nuestras fronteras y de una posición muy alta en el ranking, pero hay que diferenciar la ciencia hecha por españoles de la ciencia hecha en España.

Todas las personalidades anteriores nombradas no son más que una muestra de la enorme calidad que atesora la ciencia española, pero no desarrollan, mayoritariamente, su carrera en España, con lo cual el beneficio no revierte en España, sino, como es perfectamente lógico y comprensible, en sus países de destino. Pero si ahora movemos nuestro foco de atención a la ciencia hecha en España, nos encontramos con un panorama completamente distinto y desmoralizador.

Para no extenderme en demasía con los datos iré a cuatro puntos que considero fundamentales: el Ministerio de Educación no convoca ayudas para movilidad postdoctoral desde 2011. El CSIC agoniza con un presupuesto a niveles de 2007. El gasto destinado a I+D+i es del 1.24% del PIB (en 2010 fue del 1.4%) mientras que la media europea es del 2.06%. Y el número de contratos Ramón y Cajal, un programa creado con el fin de traer de vuelta y consolidar en España a los científicos españoles con más talento, ha experimentado una caída gradual desde los 700-800 contratos que se otorgaban en los inicios del programa a principios del 2000 a los escasos 175 que se llevan concediendo desde 2012, y lo más grave, sin garantizar siquiera la consolidación de este tan reducido número, dándose un significativo número de casos que una vez pasados los cuatro años de contrato tienen que volver a hacer la maleta y abandonar el país, una pérdida de talento que suele convertirse en irreparable porque no van a volver de nuevo a arriesgarse a regresar para, quizás, volver a tener que marcharse, creándose, además, un efecto desmoralizador en potenciales candidatos que podrían conseguir uno de estos contratos de excelencia, pero que renuncian a tan siquiera intentarlo por no tener garantías de futuro una vez finalizase dicho contrato.

Con estos indicadores, es imposible pretender que la ciencia hecha en España ocupe un lugar destacado en la investigación mundial. España no dedica los recursos necesarios para poder desarrollar el enorme potencial de su ciencia. Tiene otras áreas donde considera prioritario dedicar sus recursos económicos y prefiere fiar el desarrollo de la ciencia al dinero que llega desde la Unión Europea a través del programa Horizon 2020 o, a menor escala, a las loables iniciativas que llevan a cabo ciertas fundaciones privadas, como pueden ser la Fundación Barrié, la Martín Escudero o la Ramón Areces. Pero todo esto se ha manifestado claramente insuficiente, las líneas de investigación abiertas no dejan de disminuir, muchos investigadores de organismos públicos no pueden investigar, ya que lo único que les garantiza el Estado es su sueldo, pero no financiación para la compra de equipos y materiales, ni para la contratación de estudiantes predoctorales e investigadores postdoctorales.

Ante esto, ciertas voces, generalmente provenientes de sectores liberales, sostienen que lo que hay que hacer es buscar financiación privada. Por supuesto que la iniciativa privada es imprescindible, pero no suficiente, ya que, como es lógico, estas inversiones suelen basarse en criterios empresariales y pocas compañías están dispuestas a invertir en investigación básica o en investigaciones dirigidas a grupos pequeños de la humanidad (como ejemplo tenemos casi todas las enfermedades raras, las cuales, y valga la redundancia, raramente tienen un tratamiento efectivo porque a las farmacéuticas no les interesa invertir en un fármaco del que van a recibir pocos beneficios ya que la demanda es pequeña).

No, no se puede desarrollar una política científica sostenible sin una implicación fuerte y decidida de las autoridades públicas y la sociedad, el Estado ha de ser el catalizador del desarrollo científico. Un paradigma de actualidad de lo aquí expuesto respecto a la investigación básica es el caso del microbiólogo de la Universidad de Alicante, el Dr. Francisco Mojica, descubridor de CRISPR. Brevemente, CRISPR es una técnica que permite modificar genes siendo, según los expertos, la tecnología de edición genética más eficaz, barata, específica y fácil de utilizar.

Sus posibilidades son enormes y van desde el estudio de defectos genéticos hasta su utilización en el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas y cáncer. Pues bien, esta técnica ha hecho que la investigadora francesa Emmanuelle Charpentier y su compañera estadounidense Jennifer Doudna recibieran el premio Princesa de Asturias de Investigación de 2015, para más inri otorgado por España, y estén en todas las quinielas para el premio Nobel. Pero no solo eso, también hay una lectura meramente económica especialmente sangrante, ya que esta técnica tiene el potencial de generar un mercado de miles de millones de dólares, lo que ha desatado una guerra de patentes entre el MIT (Massachusetts Institute of Technology) y estas dos investigadoras anteriormente nombradas.

Llegados a este punto, el lector se preguntará cuánta parte del pastel se llevará España a través del Dr. Mojica. Bien fácil, no hay que hacer ningún tipo de cálculo, la cantidad es CERO €, y no es por culpa suya, él cumplió su parte al intuir las enormes posibilidades de su descubrimiento y entre 2008 y 2011 solicitó financiación pública al gobierno para continuar desarrollando su investigación, siendo todas y cada una de sus solicitudes sistemáticamente rechazadas. Un año más tarde, en 2012, Doudna y Charpentier saltaban al estrellato. Es por ello que si la ciudadanía realmente demanda que España ocupe el lugar que por potencial le corresponde y obtenga los beneficios económicos asociados, debe exigir a sus gobernantes un pacto de Estado por la investigación que garantice, independientemente de quien gobierne, una estabilidad y unas líneas de inversión crecientes en I+D+i a largo plazo. No sirve de nada aumentar significativamente la inversión, como se hizo en España en los años pre-crisis, si luego se recortan brutalmente dichas aportaciones. Será dinero malgastado porque el desarrollo científico necesita de aportes económicos continuos.

No es posible mantenerse, o se continúa avanzando o se produce un retroceso porque es un mundo en continua y muy rápida evolución. Si paras, como en el caso del Dr. Mojica, otros grupos de investigación te superarán llevándose el prestigio y el beneficio económico. No es admisible que en épocas de crisis se recorten las inversiones en ciencia. Si miramos a los países de nuestro entorno (EE.UU., Alemania, Francia, etc.) veremos que ellos aplicaron recetas opuestas para salir de las fuertes crisis que también padecieron, aumentando la inversión en ciencia. Ellos sí que han entendido que invertir en ciencia es crear futuro, ya que se mejora la calidad de vida de las generaciones actuales y de las venideras. Un país sin ciencia es un país pobre intelectualmente, ya que no habrá circulación del conocimiento, y también será pobre económicamente, podrá tener épocas puntuales de bonanza basadas en ciertas burbujas (inmobiliarias, turísticas, materias primas, etc.) pero todas ellas acaban pinchándose, con lo cual jamás disfrutarán de un desarrollo sostenible y prolongado.

Por ello se mezclan en mí sentimientos contradictorios después de dicho encuentro. Por un lado, siento una gran alegría por ver las grandes aportaciones que los españoles estamos haciendo a ese bien universal del que se beneficia toda la humanidad llamado Ciencia, pero también siento una gran tristeza al imaginar cómo sería España si todos los científicos emigrados pudiésemos contribuir a su desarrollo, generando riqueza y conocimiento.

Para invertir esta situación hacen falta políticas decididas que reviertan los cuatros puntos que anteriormente he mencionado. Es necesario y urgente volver a poner en marcha las ayudas de movilidad postdoctoral del Ministerio de Educación a la vez que se incrementan los contratos del programa Ramón y Cajal hasta, al menos, los números de su inicio, y garantizando la consolidación del puesto de trabajo de los seleccionados. Con ello se promoverá la mejora de la ciencia española y en España desde varios ángulos. Primero se facilitará la interacción de los científicos españoles con sus colegas de otros países, aprenderán nuevas filosofías de trabajo y su creatividad se verá estimulada al estar en contacto con los cerebros más brillantes de su campo y, una vez que hayan alcanzado su madurez, podrán volver a España en unas condiciones económicas y laborales estables y devolver, con creces, la inversión que haya hecho España en su formación.

Se cumpliría así uno de los requisitos fundamentales para que una política científica sea exitosa, un balance equilibrado de entrada y de salida de investigadores. Y, obviamente, también es necesario incrementar de manera significativa el presupuesto destinado al CSIC, antigua joya de la corona de la investigación española y tercera mayor institución investigadora pública europea, y aumentar la inversión en I+D+i hasta alcanzar, al menos, la media europea.

Ante los cambios producidos recientemente en el panorama político español, en donde ningún partido puede llevar a cabo su política económica sin consensuarla con el resto, es la oportunidad de que la sociedad exija a nuestros dirigentes que cambien su modelo económico, dedicando más recursos a I+D+i, y, sobre todo, que alcancen el pacto de estado anteriormente mencionado en política científica. Y los científicos por nuestra parte tenemos que jugar un papel doble. Por un lado, debemos asesorarlos correctamente, haciéndoles saber cuáles tienen que ser los campos prioritarios de actuación y, por otro lado, debemos socializar la ciencia para que el resto del país visualice la importancia y las implicaciones de nuestro trabajo, y lo más importante, divulgar y enseñar a las nuevas generaciones todo lo que supone la ciencia. Al fin y al cabo, en muchas ocasiones, estamos hablando de un proyecto a largo plazo en el que los frutos serán recogidos por ellos mismos. Y es justamente ahí donde asociaciones de científicos y profesionales de la ciencia como ECUSA tienen mucho que aportar, favoreciendo los vínculos entre científicos españoles en EE.UU. con los que actualmente se encuentran en España, proporcionándoles a su vez un altavoz de difusión de sus logros.

Asumamos todos, sociedad, políticos, empresarios y científicos nuestra responsabilidad y coloquemos nuestro país en el lugar en el que potencialmente le corresponde.

 

Carlos Sierra Sánchez,

Miembro junta directiva de ECUSA-NY